Simone Gibertoni es CEO de Clinique La Prairie y es reconocido internacionalmente como una de las voces más influyentes en el ámbito de la longevidad, la medicina preventiva y el wellness de alta gama. Esta entrevista se centra exclusivamente en su visión sobre la salud, el tiempo y el futuro de vivir mejor y durante más años.
¿Qué significa para ti el lujo?
Para mí, el lujo ya no consiste en poseer más. Se trata de recuperar tiempo: tiempo con profundidad, silencio e intención. En un mundo obsesionado con la velocidad, el privilegio definitivo es poder reducir el ritmo sin sentirse culpable y estar plenamente presente sin distracciones.
El lujo es también libertad de elección: la capacidad de proteger tu atención, de cuidar tu entorno y de invertir en lo que realmente mejora tu vida, en lugar de en lo que simplemente parece bonito desde fuera.
Hay una razón por la que las dinámicas más fuertes del lujo actual se centran cada vez más en la experiencia: la gente está pasando del estatus al significado, de la adquisición a la transformación.
¿Cómo se define el lujo cuando se aplica a la salud y la longevidad?
En el ámbito de la salud, el lujo significa una prevención rigurosa aplicada con humanidad. Es la combinación de la excelencia médica, la personalización extrema y un nivel de atención que hace que el cambio sea sostenible.
El lujo en la longevidad no es un «tratamiento». Es un método: se mide, se interpreta, se interviene y se realiza un seguimiento. Uno se marcha con claridad, no solo con un recuerdo. Y lo hace en un entorno que protege lo que la mayoría de la gente ha perdido: la calma, la privacidad, el tiempo y la confianza.
A medida que el mercado mundial del bienestar sigue expandiéndose y las generaciones más jóvenes consideran el bienestar como una práctica diaria y personalizada, las expectativas aumentan: la gente quiere resultados, credibilidad y continuidad, no promesas vagas.
¿Qué significa realmente hoy en día la «longevidad», más allá de simplemente vivir más tiempo?
Hoy en día, la longevidad significa vitalidad. Significa mantener la agudeza mental, la capacidad física y la resiliencia emocional durante el mayor tiempo posible. El verdadero objetivo no es la esperanza de vida, sino la esperanza de vida saludable: el número de años que se vive con energía, autonomía y calidad de vida.
A nivel mundial, hemos avanzado en cuanto a vivir más tiempo, pero no estamos reduciendo la brecha entre los «años vividos» y los «años vividos bien». La Organización Mundial de la Salud muestra que la esperanza de vida saludable ha mejorado, pero no al mismo ritmo que la esperanza de vida total, lo que significa que muchas personas pasan más años viviendo con discapacidades o enfermedades crónicas.
Un amplio análisis global cuantificó una diferencia media entre la esperanza de vida saludable y la esperanza de vida total de unos 9,6 años, lo que refuerza la urgencia de pasar de la medicina reactiva a la prevención estructurada.
¿Cómo se genera la confianza cuando se trabaja en un ámbito tan delicado y personal como la asistencia sanitaria?
La confianza se genera mediante una combinación de competencia, transparencia y continuidad, y hay que ganársela cada día. En la práctica, esto se traduce en: rigor científico, diagnósticos claros, programas personalizados y resultados cuantificables. También implica un proceso riguroso que los pacientes puedan comprender: diagnóstico → intervención integrada → seguimiento. La confianza crece cuando las personas sienten que no se les está «vendiendo» bienestar, sino que se les guía a través de un proceso médico estructurado.
Y nunca debemos olvidar el lado humano: las investigaciones relacionan sistemáticamente las relaciones de confianza entre el médico y el paciente con un mayor cumplimiento del tratamiento, una mayor satisfacción y mejores resultados.
En un mundo de desinformación sanitaria y afirmaciones exageradas, la credibilidad médica y la moderación ética no son opcionales, sino que constituyen la base.
¿Existe el riesgo de que la longevidad se convierta en un privilegio inaccesible?
Sí, existe ese riesgo. Y debemos señalarlo con claridad: si la longevidad se convierte únicamente en una narrativa de lujo, crearemos un futuro en el que algunas personas prolongarán su esperanza de vida saludable, mientras que otras simplemente prolongarán su supervivencia con enfermedades.
Pero también existe una poderosa tendencia contraria: la democratización de las herramientas de longevidad. El coste de la secuenciación del ADN ha descendido drásticamente con el tiempo, y el ecosistema de los diagnósticos se está volviendo más rápido, más barato y más escalable.
La evolución que queremos es la misma que hemos visto en otros sectores: la adopción temprana comienza en la cima, pero lo que se valida se extiende hacia fuera. El objetivo no es convertir a todo el mundo en un biohacker; es hacer que la prevención sea algo normal, comprensible y accesible.
La verdadera desigualdad no es el acceso a clínicas de lujo. Es el acceso a la detección precoz, a una orientación fiable y a hábitos saludables. Ahí es hacia donde debe dirigirse el futuro.
En su opinión, ¿qué papel desempeñará la inteligencia artificial en la medicina preventiva del futuro?
La IA se convertirá en un importante motor de la medicina preventiva, pero no sustituirá a los médicos. Será un copiloto clínico: ayudará a los médicos a interpretar conjuntos de datos complejos, a detectar patrones de riesgo sutiles en una fase más temprana y a diseñar intervenciones más precisas.
A nivel mundial, las autoridades sanitarias se centran cada vez más en la gobernanza y la ética de la IA aplicada a la salud, incluyendo la rendición de cuentas, la equidad, la transparencia y la protección de los pacientes.
Y la comunidad científica también está elevando el listón en cuanto a cómo deben evaluarse las herramientas de IA en entornos clínicos reales, porque en la asistencia sanitaria, las «demostraciones impresionantes» no son suficientes.
Mi opinión es sencilla: la IA mejorará la prevención cuando refuerce el criterio médico, respalde la seguridad y mejore la personalización, sin dejar de situar la relación humana en el centro.
¿Cómo cree que evolucionarán los sectores de la salud, el bienestar y la belleza en los próximos cinco años?
Convergirán, y los ganadores serán aquellos que pasen de la estética a la biología, de la experiencia a los resultados.
Ya se vislumbran tres cambios:
En primer lugar, el bienestar se está volviendo más personalizado y cotidiano, impulsado por las nuevas expectativas de los consumidores y los hábitos basados en datos.
En segundo lugar, la belleza seguirá evolucionando hacia una credibilidad respaldada por la ciencia, pero el sector se enfrentará a un escrutinio cada vez mayor en torno a las afirmaciones exageradas y al «science-washing».
En tercer lugar, el modelo pasará de las experiencias puntuales a los ecosistemas: precisión en la clínica, rutinas en casa, seguimiento, asesoramiento y continuidad.
En resumen: la próxima era recompensará a las marcas e instituciones que puedan demostrar su impacto, no solo prometerlo.
¿Cómo empezaste en Clinique La Prairie?
Mi trayectoria profesional comenzó lejos del ámbito de la longevidad, pero siempre estuvo impulsada por una obsesión: la mejora continua y el deseo de crear cosas que realmente cambien vidas. Cuando me adentré en el mundo de la longevidad, vi que el futuro pertenecería a la prevención: una medicina seria, aplicada con empatía y respaldada por un método.
A nivel personal, ¿cómo aplicas los principios de la longevidad en tu propia vida?
Intento vivir según lo que creo: la constancia por encima de la intensidad. Me baso en rutinas sencillas que se articulan en torno a los mismos cuatro pilares, movimiento, nutrición, bienestar y prevención, y me reservo un espacio diario que me permite resetearme y pensar con claridad.
¿Qué hábito diario considera esencial?
Una combinación de movimiento y claridad mental: meditación, ejercicios de respiración y unos minutos cada día para reconectar con las prioridades. Si no cuidas tu mente, pierdes tu tiempo.
Dedico una hora cada mañana exclusivamente a mi «ritual de longevidad».
¿Qué le define, tanto a nivel profesional como personal?
El sentido de la contribución. Me hago una pregunta constantemente: ¿Cómo puedo ser útil? ¿Cómo puedo ayudar a los demás a crecer, mejorar y hacerse más fuertes?
¿Tiene alguna afición?
Mi familia es mi punto de apoyo. Y me encanta leer, escribir y aprender, porque la curiosidad es una forma de vitalidad.
¿Qué consejo daría a las generaciones más jóvenes de hoy en día?
Que nunca dejen de aprender, que nunca dejen de mejorar. Siempre hay sitio para las personas con ganas: ganas de crecer, ganas de construir, ganas de realizar un trabajo significativo.
¿Hay algún libro o autor que recomiende?
Más allá de mis propios libros, bromas aparte, creo en leer mucho y de forma constante. Mi objetivo es leer entre 40 y 50 libros al año, de diferentes disciplinas. Las mejores ideas suelen venir de fuera de tu campo.
¿Cuál es tu destino favorito?
Los lugares relacionados con nuestro ecosistema me resultan muy cercanos, porque representan misiones, personas y progreso. Y me entusiasma especialmente Phuket como un nuevo capítulo. En cuanto a patrimonio e identidad, Montreux siempre seguirá siendo el hogar emocional de lo que hacemos.
