La influencia de la cultura francesa y española en Francis Bacon en el Guggenheim de Bilbao

Art&Design / 5 noviembre, 2016

Ambigüedad, deformación, extrañeza, ferocidad, desorden, precisión. Son algunos de los adjetivos con los que puede definirse el estilo pictórico figurativo del renombrado pintor modernista irlandés Francis Bacon, un manera de pintar muy relacionada con el trazo y su capacidad de síntesis de las formas. Aunque fue criticado en su época, es considerado hoy en día como el mejor pintor de descendencia inglesa desde el artista de los paisajes William Turner. El estilo figurativo, hasta grotesco, con el que representaba la realidad de una forma muy directa se explica en parte por su trayectoria vital un tanto complicada. La de Bacon fue una vida alejada de escándalos, pero sí llena de excesos, siendo también testigo del sufrimiento humano más profundo, fruto de los conflictos que se cruzaron con su vida, y en especial por ser homosexual en una época de gran rechazo social, hecho que también se traduce en la actuación y el saber fingir de su estrategia artística. Como un amalgama de sensaciones vividas, todo ello se ve claramente plasmado en su obra.

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Dejando de lado los tiempos difíciles, cabe decir que el pintor dublinés también tomó como referencia para forjar su estilo a artistas de la cultura francesa y española en gran medida, como Picasso (quien hizo aflorar el arte de pintar en el artista)  o Velázquez, pero también Manet, Degas o Van Gogh, entre muchos otros. Muestra de ello es precisamente lo que pretende mostrar la exposición Francis Bacon: de Picasso a Velázquez que aterrizó en el Museo Guggenheim Bilbao desde el 30 de septiembre, y que estará en cartel hasta el 8 de enero del 2017.

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La muestra, organizada por el Museo Guggenheim en colaboración con Grimaldi Forum Monaco, se compone de 80 obras, 50 de las cuales son de Francis Bacon y las 30 restantes de los distintos artistas clásicos y modernos que fueron fuente de inspiración a lo largo de su carrera como maestro del lienzo. La exposición, comisariada por el historiador Martin Harrison, tiene como peculiaridad que algunas de las piezas que llenan las salas del Guggenheim son obras que apenas han visto la luz públicamente en el pasado, y van desde los inicios del pintor en 1929 con el cuadro de técnica “Gouache” que aún se mantiene de los dos que creó aquel año, hasta los pintados antes de su fallecimiento en 1992. Por citar algunos títulos, entre los más relevantes, se encuentran el barroco Tres estudios para una crucifixión de 1962 basado en los artistas Zurbarán y Murillo; una interpretación personal del Retrato del Papa Inocencio X de Velázquez de 1650, principal obsesión de Bacon, o el cuadro Composición (figura femenina en una playa) de Picasso, entre muchos otros, autor de quien el dublinés recibió influencia cubista.

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En definitiva, paseando por las salas del museo bilbaíno de Guggenheim, uno puede apreciar la evolución de las tonalidades oscuras y casi uniformes hasta aquellas más coloridas elaboradas a partir de los años 70, dejándose seducir por las representaciones humanas en los diversos desnudos y retratos, que pueden llegar a estremecer por su representación violenta, deforme y desgarrada que les quiso dar en su día en su taller dublinés el artista Francis Bacon.

© Imágenes Exposición Francis Bacon Guggenheim Bilbao


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